León XIV honra y protege a las Iglesias orientales, destacando su riqueza espiritual y compromiso con la paz y la comunión eclesial.
Ideas principales
- Valor y riqueza de las Iglesias Orientales: El Papa León XIV resalta su historia, tradiciones y espiritualidades como un tesoro para toda la Iglesia universal.
- Urgencia de preservar la identidad oriental: Frente a la migración forzada por guerras y pobreza, se corre el riesgo de perder liturgias, ritos y lenguas sagradas.
- Crítica al proselitismo hacia el rito latino: León XIV retoma la postura de León XIII contra quienes intentan absorber fieles orientales al rito latino.
- Contribución espiritual del Oriente cristiano: Destaca el sentido del misterio, la liturgia integral, la mistagogía, la penitencia y la esperanza pascual como enseñanzas vigentes.
- Compromiso con la paz: Reafirma que la Iglesia y la Santa Sede trabajarán activamente por la paz, denunciando la guerra y promoviendo el diálogo.
- Testimonio frente al sufrimiento: Las Iglesias orientales, muchas marcadas por el martirio, son voces legítimas de esperanza en medio de la violencia.
- Llamado a la comunión, honestidad y humildad: Pide a los pastores orientales ejercer su liderazgo con transparencia, sencillez y sin apegos al poder.
- Apoyo a la permanencia de los cristianos en sus tierras: Reclama condiciones concretas para que puedan quedarse y vivir dignamente.
- Papel clave de los Sínodos orientales: Resalta su rol en la colegialidad y la corresponsabilidad eclesial.
- Gratitud y bendición: Cierra el discurso agradeciendo a las Iglesias orientales por ser “luces del mundo” y pidiendo oración por su ministerio.
Frases destacadas
- “Cristo ha resucitado. ¡Ha resucitado verdaderamente!” (Cfr. León XIV, Discurso, A los participants en el el Jubileo de las Iglesias Orientales, 14 de mayo de 2025)
- “El mayor pecado es no creer en las energías de la Resurrección.” (Cfr. León XIV, Discurso, A los participants en el el Jubileo de las Iglesias Orientales, 14 de mayo de 2025)
- “La guerra nunca es inevitable.” (Cfr. León XIV, Discurso, A los participants en el el Jubileo de las Iglesias Orientales, 14 de mayo de 2025)
- “Los demás no son ante todo enemigos, sino seres humanos.” (Cfr. León XIV, Discurso, A los participants en el el Jubileo de las Iglesias Orientales, 14 de mayo de 2025)
Resumen
El Papa León XIV expresó profundo respeto y gratitud hacia las Iglesias orientales católicas, valorando su rica espiritualidad, sus liturgias ancestrales y su papel central en la historia del cristianismo. Reafirmó el compromiso de la Iglesia de preservar sus tradiciones frente a los peligros del exilio, la asimilación litúrgica y la pérdida de identidad. Citó a papas anteriores como León XIII y Juan Pablo II para recordar la dignidad de estas Iglesias, su vínculo con las raíces del cristianismo y la necesidad de evitar su absorción por el rito latino.
También subrayó la importancia de la mística oriental, la liturgia viva, la penitencia y el sentido del misterio como antídotos contra el utilitarismo moderno. Reconoció a las Iglesias orientales como mártires por la fe en contextos de guerra y violencia, y afirmó que la Santa Sede está dispuesta a mediar por la paz con firmeza y diálogo.
Finalmente, llamó a la transparencia, a la humildad pastoral y a la comunión sin apegos mundanos, agradeciendo su testimonio y pidiendo oraciones por su pontificado.
Texto íntegro
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LOS PARTICIPANTES EN EL JUBILEO DE LAS IGLESIAS ORIENTALES
Aula Pablo VI
Miércoles, 14 de mayo de 2025
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ¡la paz esté con ustedes!
Beatitudes, Eminencias, Excelencias,
queridos sacerdotes, consagradas y consagrados,
hermanos y hermanas,
Cristo ha resucitado. ¡Ha resucitado verdaderamente! Los saludo con las palabras que, en muchas regiones, el Oriente cristiano no se cansa de repetir en este tiempo pascual, profesando el núcleo central de la fe y de la esperanza. Y es hermoso verlos aquí precisamente con motivo del Jubileo de la esperanza, de la que la resurrección de Jesús es el fundamento indestructible. ¡Bienvenidos a Roma! Me alegra encontrarme con ustedes y dedicar a los fieles orientales uno de los primeros encuentros de mi pontificado.
Ustedes son valiosos. Al mirarlos, pienso en la variedad de sus procedencias, en la historia gloriosa y en los duros sufrimientos que muchas de sus comunidades han padecido o padecen. Y quisiera reiterar lo que dijo el papa Francisco sobre las Iglesias orientales: «Son Iglesias que deben ser amadas: custodian tradiciones espirituales y sapienciales únicas, y tienen tanto que decirnos sobre la vida cristiana, la sinodalidad y la liturgia; piensen en los Padres antiguos, en los Concilios, en el monacato: tesoros inestimables para la Iglesia» (Discurso a los participantes en la Asamblea de la ROACO, 27 de junio de 2024).
Deseo citar también al Papa León XIII, que fue el primero en dedicar un documento específico a la dignidad de sus Iglesias, dada ante todo por el hecho de que «la obra de la redención humana comenzó en Oriente» (cf. Lett. ap. Orientalium dignitas, 30 de noviembre de 1894). Sí, ustedes tienen «un papel único y privilegiado, por ser el marco originario de la Iglesia primitiva» (San Juan Pablo II, Carta. ap. Orientale Lumen, 5). Es significativo que algunas de sus liturgias —que estos días están celebrando solemnemente en Roma según las diversas tradiciones— sigan utilizando la lengua del Señor Jesús. Pero el papa León XIII hizo un sentido llamamiento para que «la legítima variedad de la liturgia y la disciplina oriental […] redunde en […] gran decoro y utilidad de la Iglesia» (Lett. ap. Orientalium dignitas). Su preocupación de entonces es muy actual, porque en nuestros días muchos hermanos y hermanas orientales, entre los que se encuentran varios de ustedes, obligados a huir de sus territorios de origen a causa de la guerra y las persecuciones, de la inestabilidad y de la pobreza, corren el riesgo, al llegar a Occidente, de perder, además de su patria, también su identidad religiosa. Así, con el paso de las generaciones, se pierde el patrimonio inestimable de las Iglesias orientales.
Hace más de un siglo, León XIII señaló que «la conservación de los ritos orientales es más importante de lo que se cree» y, con este fin, prescribió incluso que «cualquier misionero latino, del clero secular o regular, que con consejos o ayudas atraiga a algún oriental al rito latino» sea «destituido y excluido de su cargo» (ibíd.). Acogemos el llamamiento a custodiar y promover el Oriente cristiano, sobre todo en la diáspora; aquí, además de erigir, donde sea posible y oportuno, circunscripciones orientales, es necesario sensibilizar a los latinos. En este sentido, pido al Dicasterio para las Iglesias Orientales, al que agradezco su trabajo, que me ayude a definir principios, normas, y directrices a través de los cuales los pastores latinos puedan apoyar concretamente a los católicos orientales de la diáspora, y a preservar sus tradiciones vivas y a enriquecer con su especificidad el contexto en el que viven.
La Iglesia los necesita. ¡Cuán grande es la contribución que el Oriente cristiano puede darnos hoy! ¡Cuánta necesidad tenemos de recuperar el sentido del misterio, tan vivo en sus liturgias, que involucran a la persona humana en su totalidad, cantan la belleza de la salvación y suscitan asombro por la grandeza divina que abraza la pequeñez humana! ¡Y cuán importante es redescubrir, también en el Occidente cristiano, el sentido del primado de Dios, el valor de la mistagogia, de la intercesión incesante, de la penitencia, del ayuno, del llanto por los propios pecados y de toda la humanidad (penthos), tan típicos de las espiritualidades orientales! Por eso es fundamental custodiar sus tradiciones sin diluirlas, tal vez por practicidad y comodidad, para que no se corrompan por un espíritu consumista y utilitarista.
Sus espiritualidades, antiguas y siempre nuevas, son medicinales. En ellas, el sentido dramático de la miseria humana se funde con el asombro por la misericordia divina, de modo que nuestras bajezas no provocan desesperación, sino que invitan a acoger la gracia de ser criaturas sanadas, divinizadas y elevadas a las alturas celestiales. Necesitamos alabar y dar gracias sin cesar al Señor por esto. Con ustedes podemos rezar las palabras de San Efrén el sirio y decir a Jesús: «Gloria a ti, que hiciste de tu cruz un puente sobre la muerte. […] Gloria a ti, que te revestiste del cuerpo mortal y lo transformaste en fuente de vida para todos los mortales» (Discurso sobre el Señor, 9). Es un don que hay que pedir: saber ver la certeza de la Pascua en cada tribulación de la vida y no desanimarnos recordando, como escribía otro gran padre oriental, que «el mayor pecado es no creer en las energías de la Resurrección» (San Isaac de Nínive, Sermones ascéticos, I, 5).
¿Quién, pues, más que ustedes, puede cantar palabras de esperanza en el abismo de la violencia? ¿Quién más que ustedes, que conocen de cerca los horrores de la guerra, hasta el punto de que el Papa Francisco llamó a sus Iglesias «martiriales» (Discurso a la ROACO, cit.)? Es cierto: desde Tierra Santa hasta Ucrania, desde el Líbano hasta Siria, desde Oriente Medio hasta Tigray y el Cáucaso, ¡cuánta violencia! Y sobre todo este horror, sobre la masacre de tantas vidas jóvenes, que deberían provocar indignación, porque, en nombre de la conquista militar, son personas las que mueren, se alza un llamamiento: no tanto el del Papa, sino el de Cristo, que repite: «¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20,19.21.26). Y especifica: «Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo se la doy a ustedes» (Jn 14,27). La paz de Cristo no es el silencio sepulcral después del conflicto, no es el resultado de la opresión, sino un don que mira a las personas y reactiva su vida. Recemos por esta paz, que es reconciliación, perdón, valentía para pasar página y volver a comenzar.
Para que esta paz se difunda, yo emplearé todos mis esfuerzos. La Santa Sede está a disposición para que los enemigos se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz. Los pueblos quieren la paz y yo, con el corazón en la mano, digo a los responsables de los pueblos: ¡encontremos, dialoguemos, negociemos! La guerra nunca es inevitable, las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan; porque pasarán a la historia quienes siembran la paz, no quienes cosechan víctimas; porque los demás no son ante todo enemigos, sino seres humanos: no son malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar. Rechacemos las visiones maniqueas típicas de los relatos violentos, que dividen el mundo entre buenos y malos.
La Iglesia no se cansará de repetirlo: que callen las armas. Y quiero dar gracias a Dios por todos aquellos que, en el silencio, en la oración, en la entrega, tejen tramas de paz; y a los cristianos —orientales y latinos— que, especialmente en Oriente Medio, perseveran y resisten en sus tierras, más fuertes que la tentación de abandonarlas. A los cristianos hay que darles la posibilidad, no solo con palabras, de permanecer en sus tierras con todos los derechos necesarios para una existencia segura. ¡Les ruego que se comprometan por esto!
Y gracias, gracias a ustedes, queridos hermanos y hermanas de Oriente, de donde surgió Jesús, el Sol de justicia, por ser «luces del mundo» (cf. Mt 5,14). Sigan brillando por la fe, la esperanza y la caridad, y por nada más. Que sus Iglesias sean un ejemplo, y que los pastores promuevan con rectitud la comunión, sobre todo en los Sínodos de los Obispos, para que sean lugares de colegialidad y de auténtica corresponsabilidad. Cuiden la transparencia en la gestión de los bienes, den testimonio de una dedicación humilde y total al santo pueblo de Dios, sin apegos a los honores, a los poderes del mundo y a la propia imagen. San Simeón el Nuevo Teólogo daba un bello ejemplo: «Como quien, echando polvo sobre la llama de un horno encendido, la apaga, del mismo modo las preocupaciones de esta vida y todo tipo de apego a cosas mezquinas y sin valor destruyen el calor del corazón encendido al principio» (Capítulos prácticos y teológicos, 63). El esplendor del Oriente cristiano pide, hoy más que nunca, libertad de toda dependencia mundana y de toda tendencia contraria a la comunión, para ser fieles en la obediencia y en el testimonio evangélicos.
Les doy las gracias por esto y les bendigo de corazón, pidiéndoles que recen por la Iglesia y que eleven sus poderosas oraciones de intercesión por mi ministerio. ¡Gracias!
Comentario
Este discurso tiene un profundo significado eclesiológico y geopolítico. Es un acto de reconocimiento, protección y aprecio hacia las Iglesias orientales, muchas veces relegadas o incomprendidas dentro del catolicismo latino. León XIV no solo expresa estima, sino que asume compromisos concretos para salvaguardar su identidad, su liturgia y su misión evangelizadora desde sus propias tradiciones.
El mensaje central es claro: unidad sin uniformidad. El Papa defiende la diversidad legítima dentro de la Iglesia católica, en particular la oriental, como riqueza compartida, no como anormalidad que deba corregirse. Además, asocia esta riqueza con una necesidad urgente del mundo actual: la espiritualidad profunda, el sentido del misterio, el testimonio de fe en medio del sufrimiento y la esperanza pascual frente al dolor.
El discurso es un acto de comunión y respeto hacia las Iglesias orientales católicas, pero implícitamente también representa una actitud dialogante hacia las Iglesias ortodoxas y otras iglesias orientales no católicas. Al valorar la liturgia, la lengua de Jesús, los Padres del desierto y la mistagogía (la enseñanza de los Sacramentos), el Papa está hablando un lenguaje común con el mundo ortodoxo. Sin embargo, lo hace sin proselitismo ni imposición, abriendo un camino hacia la reconciliación ecuménica desde la autenticidad de cada tradición.
León XIV se presenta como heredero de la tradición de León XIII y Juan Pablo II, pero con una sensibilidad contemporánea marcada por los desplazamientos forzados, el ecumenismo práctico y el dolor de la guerra. Su postura es clara: quiere una Iglesia hospitalaria, respetuosa y enriquecida por las diferencias legítimas. Su tono pastoral es al mismo tiempo directo, profético y profundamente humano.
De este mensaje se puede leer:
- Que la unidad de la Iglesia se fortalece respetando su pluralidad.
- Que la verdadera catolicidad no es uniformidad, sino comunión en la diversidad.
- Que las tradiciones orientales no son reliquias, sino que pueden ser medicinas má allá del racionalismo o el funcionalismo.
- Que la paz exige valentía y diálogo, y que la Iglesia debe ser agente activo de reconciliación.
León XIV no solo honra a las Iglesias orientales: invita a toda la Iglesia a beber de sus fuentes para sanar la fe en un mundo herido y fragmentado.
Referencia
Oficina de Prensa de la Santa Sede. (2025, mayo 14). #iubilaeum2025 – Audiencia a los participantes en el Jubileo de las Iglesias Orientales. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/05/14/140525b.html
Santa Sede. (2025, mayo 14). A los participantes en el Jubileo de las Iglesias Orientales (14 de mayo de 2025) | LEÓN XIV. http://www.vatican.va. Recuperado el 14 de mayo de 2025, de https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/may/documents/20250514-giubileo-chiese-orientali.html


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