León XIV abre su pontificado con un mapa claro: unidad, sinodalidad y amor al prójimo

León XIV inicia su pontificado con un firme llamado a la unidad, la fraternidad y la caridad como pilares de su misión.

El 18 de mayo de 2025, en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV celebró la misa de inicio de su ministerio petrino, sucediendo al Papa Francisco. Esta homilía inaugural no solo marca el comienzo formal de su pontificado, sino que define sus líneas pastorales clave en un contexto de desafíos globales: guerras, desigualdad, crisis ecológica, fragmentación religiosa y polarización social. Su discurso fue profundamente teológico, pero cargado de implicaciones sociales y geopolíticas.


Ideas principales:

  1. Continuidad espiritual y emocional tras la muerte del Papa Francisco: León XIV recoge el dolor de la Iglesia, recordando que “el Señor nunca abandona a su pueblo”.
  2. La elección del Papa como obra del Espíritu Santo: Unidad del Colegio Cardenalicio como signo de comunión y armonía en la diversidad.
  3. El amor como núcleo del ministerio petrino: Inspirado en el diálogo entre Cristo y Pedro, el Papa remarca que solo el amor de Dios capacita para guiar al rebaño.
  4. Caridad como autoridad verdadera de la Iglesia: El Papa rechaza el uso del poder y la imposición; propone el servicio y la entrega como base de la autoridad.
  5. Unidad eclesial como testimonio para un mundo herido: Llamado a construir una Iglesia como fermento de reconciliación, abierta al diálogo interreligioso y a la colaboración con todos los hombres de buena voluntad.
  6. Un mensaje misionero e inclusivo: No encerrarse ni sentirse superiores, sino acoger a todos, valorando las diferencias como riqueza.
  7. Fraternidad como camino hacia la paz global: Inspiración en León XIII para imaginar un mundo donde la caridad sea principio rector de la convivencia humana.

Frases textuales importantes:

  • “He sido elegido sin mérito alguno y, con temor y temblor, vengo a vosotros como un hermano que quiere hacerse servidor de vuestra fe”. (Cfr. León XIV, Homilía, 18 de mayo de 2025)
  • “La Iglesia de Roma preside en la caridad y su verdadera autoridad es la caridad de Cristo”. (Cfr. León XIV, Homilía, 18 de mayo de 2025)
  • “Una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado”. (Cfr. León XIV, Homilía, 18 de mayo de 2025)
  • “¡Este es el momento del amor!” (Cfr. León XIV, Homilía, 18 de mayo de 2025)
  • “Si este criterio [la caridad] prevaleciera en el mundo, ¿no cesarían inmediatamente todas las disputas y no volvería la paz?” (Cfr. León XIV, Homilía, 18 de mayo de 2025)

Comentario

León XIV se presenta como “hermano”, no como monarca espiritual, lo que indica una continuidad con el estilo pastoral del Papa Francisco pero con un énfasis más explícito en la unidad eclesial como motor de transformación del mundo.

La referencia a un mundo herido por “odio, violencia, prejuicios” y la denuncia de un “paradigma económico que margina a los pobres” ubican a León XIV como un Papa que no rehúye la crítica del sistema global, alineándose con una postura ética que interpela tanto a las potencias occidentales como a los países en vías de desarrollo. Su invitación a trabajar con “todas las mujeres y hombres de buena voluntad” lanza un mensaje directo: el Vaticano quiere ser un agente activo de paz, más allá de las fronteras religiosas.

El Papa sitúa a la Iglesia como comunidad y no como institución autorreferencial. La mística de la “Iglesia como fermento” recupera la noción del cristianismo primitivo como minoría creativa, no como estructura de poder. El énfasis en la caridad como fundamento del ministerio petrino actualiza la noción de autoridad desde una lógica evangélica, con implicaciones claras para las estructuras internas eclesiales: menos verticalismo, más sinodalidad.

El discurso de León XIV puede tener eco, incluso, en otras confesiones cristianas, en religiones no cristianas y en entornos seculares. Su llamado a la unidad sin anular las diferencias resuena con las aspiraciones actuales por construir consensos sociales globales que respeten la diversidad cultural, étnica y espiritual. En una era marcada por muros, su propuesta de una “Iglesia con los brazos abiertos al mundo” es contracultural, esperanzadora y profundamente política en el mejor sentido del término: como propuesta de vida en común.

Aunque el Papa León XIV ya había pronunciado varios discursos y sostenido encuentros significativos en sus primeros días como Pontífice, la misa del 18 de mayo marca formalmente el inicio de su ministerio petrino. Esta celebración es un acto litúrgico de la mayor importancia, y también un momento clave en el que su homilía se convierte en un verdadero mapa de ruta para su pontificado. Si bien los mensajes anteriores ya anticipaban su visión pastoral, esta homilía define con claridad las prioridades del nuevo Papa: una firme preocupación por la guerra y el sufrimiento humano, un espíritu misionero enraizado en su trayectoria pastoral y una clara vocación al diálogo, no al monólogo. A sus 69 años, más joven que sus dos predecesores, León XIV tiene el horizonte temporal para concretar sus propuestas, que no se quedarán en buenas intenciones. Desde el primer día, ha mostrado un estilo humilde y sinodal, con una autoridad que no se impone desde el poder, sino que se gana desde la coherencia de vida, el servicio y la escucha. Más que jefe, se presenta como pastor y hermano, respaldado por una autoridad moral que nace de los hechos.


Texto íntegro

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

POR EL INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL OBISPO DE ROMA LEÓN XIV

CAPILLA PAPAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Plaza de San Pedro

Domingo, 18 de mayo de 2025

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Queridos hermanos cardenales,

hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,

distinguidas Autoridades y Miembros del Cuerpo Diplomático.

Saludo a los peregrinos que han venido con motivo del Jubileo de las Cofradías.

Hermanos y hermanas, os saludo a todos, con el corazón lleno de gratitud, al comienzo del ministerio que se me ha confiado. San Agustín escribía: «Nos has hecho para ti, [Señor], y nuestro corazón no tiene descanso hasta que descansa en ti» (Confesiones, 1, 1.1).

En estos últimos días hemos vivido un tiempo particularmente intenso. La muerte del Papa Francisco ha llenado de tristeza nuestro corazón y, en esas horas difíciles, nos hemos sentido como aquellas multitudes de las que habla el Evangelio, «como ovejas sin pastor» (Mt 9,36). Precisamente el día de Pascua recibimos su última bendición y, a la luz de la Resurrección, hemos afrontado este momento con la certeza de que el Señor nunca abandona a su pueblo, lo reúne cuando está disperso y «lo guarda como un pastor a su rebaño» (Ger 31,10).

Con este espíritu de fe, el Colegio Cardenalicio se ha reunido para el Conclave; procedentes de historias y caminos diferentes, hemos puesto en manos de Dios el deseo de elegir al nuevo sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de mirar lejos, para ir al encuentro de las preguntas, las inquietudes y los desafíos de hoy. Acompañados por vuestra oración, hemos sentido la obra del Espíritu Santo, que ha sabido armonizar los diversos instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una sola melodía.

He sido elegido sin mérito alguno y, con temor y temblor, vengo a vosotros como un hermano que quiere hacerse servidor de vuestra fe y de vuestra alegría, caminando con vosotros por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una sola familia.

Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión encomendada a Pedro por Jesús.

Nos lo cuenta el pasaje del Evangelio, que nos lleva al lago de Tiberíades, el mismo donde Jesús había comenzado la misión recibida del Padre: «pescar» a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte. Pasando por la orilla de ese lago, llamó a Pedro y a los otros primeros discípulos para que fueran como Él «pescadores de hombres»; y ahora, después de la resurrección, les toca precisamente a ellos continuar esta misión, echar siempre y de nuevo la red para sumergir en las aguas del mundo la esperanza del Evangelio, navegar en el mar de la vida para que todos puedan encontrarse en el abrazo de Dios.

¿Cómo puede Pedro llevar adelante esta tarea? El Evangelio nos dice que solo es posible porque ha experimentado en su propia vida el amor infinito e incondicional de Dios, incluso en el momento del fracaso y la negación. Por eso, cuando Jesús se dirige a Pedro, el Evangelio utiliza el verbo griego agapao, que se refiere al amor que Dios nos tiene, a su entrega sin reservas y sin cálculos, diferente del utilizado para la respuesta de Pedro, que describe el amor de amistad que nos tenemos los unos a los otros.

Cuando Jesús pregunta a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21,16), se refiere, por tanto, al amor del Padre. Es como si Jesús le dijera: solo si has conocido y experimentado este amor de Dios, que nunca falla, podrás pastorear a mis corderos; solo en el amor de Dios Padre podrás amar a tus hermanos con un «más», es decir, ofreciendo la vida por tus hermanos.

A Pedro, por tanto, se le confía la tarea de «amar más» y dar su vida por el rebaño. El ministerio de Pedro está marcado precisamente por este amor abnegado, porque la Iglesia de Roma preside en la caridad y su verdadera autoridad es la caridad de Cristo.

No se trata nunca de capturar a los demás con la opresión, con la propaganda religiosa o con los medios del poder, sino que se trata siempre y únicamente de amar como lo hizo Jesús. Él —afirma el mismo apóstol Pedro— «es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en la piedra angular» (At 4,11).

Y si la piedra es Cristo, Pedro debe apacentar el rebaño sin ceder nunca a la tentación de ser un líder solitario o un jefe por encima de los demás, haciéndose dueño de las personas que le han sido confiadas (cf. 1 P 5,3); al contrario, se le pide que sirva a la fe de los hermanos, caminando junto a ellos: todos, en efecto, estamos constituidos «piedras vivas» (1 P 2,5), llamados con nuestro Bautismo a construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diversidades. Como afirma san Agustín: «La Iglesia está formada por todos los que están en concordia con los hermanos y aman al prójimo» (Discurso 359, 9).

Esto, hermanos y hermanas, es lo que deseo que sea nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.

En nuestro tiempo, vemos todavía demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión, de fraternidad. Queremos decir al mundo, con humildad y alegría: ¡Mirad a Cristo! ¡Acercaos a Él! ¡Acoged su Palabra que ilumina y consuela! Escuchad su propuesta de amor para convertiros en su única familia: en el único Cristo somos uno. Y este es el camino que debemos recorrer juntos, entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes recorren otros caminos religiosos, con quienes cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo en el que reine la paz.

Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer a todos el amor de Dios, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo.

Hermanos, hermanas, ¡este es el momento del amor! La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio y, con mi predecesor León XIII, hoy podemos preguntarnos: «Si este criterio prevaleciera en el mundo, ¿no cesarían inmediatamente todas las disputas y no volvería la paz?» (Let. enc. Rerum novarum, 21).

Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja inquietar por la historia y que se convierte en levadura de concordia para la humanidad.

Juntos, como un solo pueblo, como todos hermanos, caminemos hacia Dios y amémonos unos a otros.


Referencia

León XIV. (2025, mayo 18). V Domingo de Pascua – Celebración Eucarística por el inicio del ministerio petrino del obispo de Roma León XIV. Vatican.va. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2025/5/18/inizio-pontificato.html

Nota: Traducción propia.

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