Opinión: León XIV, puente de esperanza en un mundo roto

En apenas dos semanas León XIV inaugura un pontificado de unidad cristiana, paz, diálogo interreligioso y escucha a los más olvidados.

El inicio de una nueva etapa

Los primeros días de un pontificado siempre son reveladores. No porque todo quede definido en un par de semanas, sino porque se revelan los acentos, las prioridades, las heridas que el nuevo Papa percibe como urgentes. En el caso de León XIV, sus primeros discursos, homilías y gestos están dejando algo muy claro: este pontificado no será uno de gestión burocrática, sino de alma, de escucha y de puentes.

El Papa tiene un estilo sencillo pero firme. Deja claro que no necesita gritar par hacerse escuchar. Cierto, todavía es temprano para adelantar conclusiones, pero como reza el dicho popular «en poco se ve lo mucho».

Una actitud humana natural es la de dar la espalda a quienes nos antecedieron. Esto ocurre muchas veces con los gobernantes, que buscan borrar todo lo hecho al asumir el cargo. Afortunadamente, en el caso de León XIV ocurre todo lo contrario: el Papa Francisco, de feliz memoria, es su punto de partida. Lo ha nombrado con afecto, ha rezado por él y con él en la memoria. El nuevo Papa asume el legado de la fraternidad universal, del cuidado de la casa común, del diálogo con otras religiones, y lo hace suyo con un tono meditativo.

Ecumenismo y sinodalidad: unidad en la diversidad

Una de las palabras que más ha repetido el Sumo Pontífice es «ecumenismo». Para muchos suena técnica, lejana. Pero en boca de León XIV es un grito de familia que busca permanecer unidad. Se refiere al deseo de que todas las confesiones cristianas, desde los ortodoxos hasta los evangélicos, se reconozcan como hermanos en la fe.

Y junto a ella aparece otra palabra clave: «sinodalidad». Significa, en esencia, caminar juntos. Que la Iglesia escucha desde abajo. Que se tome en serio la experiencia de los laicos, de las mujeres, de los jóvenes. No como concesión, sino como conversión.

León XIV conecta ambas ideas: una Iglesia que camina unida en su interior es también una Iglesia que puede caminar al lado de otras confesiones. Sin miedo, sin pretensión de imponerse. Con humildad y verdad.

El mundo en guerra y la Iglesia como refugio moral

León XIV manifiesta su dolor ante las guerras activas: Gaza, Myanmar, Ucrania. Pero no habla desde el ángulo diplomático, sino desde el corazón pastoral. Nombra el sufrimiento con claridad, sin eufemismos. Clama por la paz, por el fin de la carrera armamentista y por un mundo donde no haya que elegir entre comprar pan o sobrevivir a un bombardeo.

El Papa también ha hablado a los diplomáticos. Pero no con tecnicismos de cancillería. Les ha hablado de paz, de justicia, de verdad. Les ha recordado que la Iglesia no juega al poder, pero tiene el deber de decir la verdad cuando otros callan.

Ha insistido en que la diplomacia vaticana no se basa en la estrategia, sino en la esperanza. Que busca una gobernanza global que escuche a los pueblos, no solo a los lobbies.

Fraternidad, comunicación y dignidad humana

Hay una sensibilidad muy marcada en estos primeros mensajes: el cuidado de la palabra. León XIV ha pedido una comunicación desarmada, capaz de construir paz en lugar de incendiar los ánimos. Se ha solidarizado con periodistas encarcelados y ha advertido sobre los riesgos de una tecnología que deshumaniza. No es un Papa tecnófobo, pero sí muy reflexivo ante el mundo digital, en particular con la inteligencia artificial.

En un discurso especialmente emotivo, el Papa ha reconocido el tesoro espiritual de las Iglesias orientales. Su liturgia, su sentido del misterio, su fidelidad en medio de la persecución. León XIV ha pedido que se respete su identidad, que no se las absorba al rito latino, y que se les escuche como voz viva del cristianismo que sufre.

Una Iglesia que se hace pequeña para que Cristo crezca

Estos primeros pasos muestran una coherencia profunda: Unidad, escucha, fraternidad, paz. Todo está hilado.

Quizá el mensaje más revelador de esta nueva etapa del ministerio petrino fue cuando dijo que la autoridad en la Iglesia consiste en «desaparecer para que permanezca Cristo». Ahí está la clave de su pontificado. No busca centralizar, sino repartir. No quiere brillar, sino iluminar y eso hace toda la diferencia del mundo.

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