Una sola familia en Dios: León XIV y el Jubileo de la unidad

Durante el Jubileo de las Familias, León XIV proclama la unidad como don divino y misión común para niños, padres y abuelos.

El Papa León XIV celebró el Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Ancianos con una emotiva homilía en la Plaza de San Pedro. En ella reflexiona sobre la oración de Jesús en la Última Cena, que revela el deseo divino de que todos seamos uno. A partir de esta unidad, el Papa ofrece una catequesis sobre el amor familiar como cimiento de la fe, lugar de reconciliación y fuente de esperanza para la humanidad entera.


Ideas centrales

  • Jesús ora para que todos seamos uno, no como masa, sino en comunión personal y amorosa, reflejo de la Trinidad.
  • Dios nos ama con el mismo amor con que ama a su Hijo: antes de todo, infinitamente, sin condiciones.
  • La vida se recibe, no se elige: nacemos y vivimos gracias a relaciones de cuidado, que nos salvan y nos sostienen.
  • El amor familiar es herido por el egoísmo, pero sanado por la oración de Jesús, que sigue actuando hoy como bálsamo.
  • La unidad en la diversidad es posible en las familias, en la sociedad y en la Iglesia, si se edifica sobre Cristo.
  • La Iglesia propone matrimonios santos como modelos: ejemplos vivos de amor total, fiel y fecundo, que muestran el rostro de Dios.
  • Los esposos son llamados a la coherencia, los hijos a la gratitud, los abuelos a la custodia sabia y paciente del amor.
  • La familia transmite la fe como pan compartido: con ternura, cotidianidad y esperanza.
  • Todos estamos en camino hacia la unidad eterna con Dios, junto a nuestros seres queridos ya fallecidos.

Frases importantes

  • “Dios nos ama como se ama a sí mismo.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)
  • “Todos vivimos gracias a una relación.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)
  • “Estamos aquí para ser uno.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)
  • “El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)
  • “En la familia, la fe se transmite junto con la vida.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)
  • “Un día seremos todos uno: una sola cosa en el único Salvador.” (Cfr. León XIV, Homilía, 1 de junio de 2025)

Comentario

La homilía de León XIV es una de las más personales y universales de su pontificado. Parte de una oración íntima de Jesús y la despliega en una visión integral de la familia como escuela de amor y unidad. El Papa no ofrece una teología abstracta, sino una experiencia: todos fuimos sostenidos, todos necesitamos a alguien. Su lenguaje, aunque profundamente teológico, permanece accesible, lleno de imágenes de la vida cotidiana: la mesa compartida, el agradecimiento, el ejemplo. La canonización de matrimonios se convierte en signo profético, y el llamado a padres, hijos y abuelos no es solo pastoral, sino existencial. León XIV vuelve a mostrar que su pontificado gira en torno a una verdad sencilla pero revolucionaria: la unidad es un don divino que transforma lo humano.


Texto íntegro

JUBILEO DE LAS FAMILIAS, LOS NIÑOS, LOS ABUELOS Y LOS MAYORES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Plaza de San Pedro
VII Domingo de Pascua – Domingo, 1 de junio de 2025

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El Evangelio que acabamos de proclamar nos muestra a Jesús que, en la Última Cena, ora por nosotros (cf. Jn 17,20). El Verbo de Dios hecho hombre, ya cercano al final de su vida terrena, piensa en nosotros, sus hermanos, y se convierte en bendición, súplica y alabanza al Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. También nosotros, al entrar con asombro y confianza dentro de la oración de Jesús, nos vemos envueltos, por su amor, en un gran proyecto que abarca a toda la humanidad.

Cristo pide, en efecto, que todos seamos “una sola cosa”
(cf. v. 21). Este es el mayor bien que se puede desear, porque esta unión universal realiza entre las criaturas la comunión eterna de amor que es Dios mismo: el Padre que da la vida, el Hijo que la recibe y el Espíritu que la comparte.

El Señor quiere que, para unirnos, no nos agreguemos a una masa indistinta como un bloque anónimo, sino que seamos uno: «Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros» (v. 21). La unidad por la que Jesús ora es, por tanto, una comunión fundada en el mismo amor con que Dios ama, de donde provienen la vida y la salvación. Y como tal, es ante todo un don que Jesús trae consigo. Es, desde su corazón humano, que el Hijo de Dios se dirige al Padre diciendo: «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste» (v. 23).

Escuchamos con conmoción estas palabras: Jesús nos está revelando que Dios nos ama como se ama a sí mismo. El Padre no nos ama menos que a su Hijo unigénito, o sea de manera infinita. Dios no ama menos, porque ama antes de nada, ¡ama antes que nadie! Así lo atestigua Cristo cuando dice al Padre: «Ya me amabas antes de la creación del mundo» (v. 24). Y es así: en su misericordia, Dios desde siempre quiere acoger a todos los hombres en su abrazo; y es su vida, la que se nos entrega por medio de Cristo, la que nos hace uno, la que nos une entre nosotros.

Oír hoy este Evangelio, durante el Jubileo de las Familias y de los Niños, de los Abuelos y de los Ancianos, nos llena de alegría.

Queridos amigos, hemos recibido la vida antes incluso de haberla deseado. Como enseñaba el Papa Francisco: «Todos los hombres somos hijos, pero ninguno de nosotros eligió nacer» (Ángelus, 1 enero 2025). Y no sólo eso. Apenas nacemos, necesitamos de los demás para vivir; solos no lo hubiéramos logrado. Se lo debemos a alguien más, que nos salvó, se hizo cargo de nosotros, de nuestro cuerpo y también de nuestro espíritu. Todos nosotros vivimos gracias a una relación, es decir, a un vínculo libre y liberador de humanidad y cuidado mutuo.

Es cierto que, a veces, esta humanidad se ve traicionada. Por ejemplo, cuando se invoca la libertad no para dar vida, sino para quitarla; no para proteger, sino para herir. Sin embargo, incluso frente al mal que divide y mata, Jesús sigue orando al Padre por nosotros, y su oración actúa como un bálsamo sobre nuestras heridas, convirtiéndose en anuncio de perdón y reconciliación para todos. Esa oración del Señor da sentido pleno a los momentos luminosos de nuestro amor mutuo como padres, abuelos, hijos e hijas. Y esto es lo que queremos anunciar al mundo: estamos aquí para ser “uno” tal y como el Señor quiere que seamos “uno”, en nuestras familias y en los lugares donde vivimos, trabajamos y estudiamos: distintos, pero uno; muchos, pero uno, siempre uno, en cualquier circunstancia y edad de la vida.

Hermanos, si nos amamos así, sobre el fundamento de Cristo, que es «el Alfa y la Omega», «el principio y el fin» (cf. Ap 22,13), seremos un signo de paz para todos, en la sociedad y en el mundo. No hay que olvidarlo: del seno de las familias nace el futuro de los pueblos.

En las últimas décadas hemos recibido un signo que llena de gozo y, al mismo tiempo, invita a reflexionar: me refiero al hecho de que fueron proclamados beatos y santos algunos esposos, no por separado, sino juntos, como pareja de esposos. Pienso en Luis y Celia Martin, los padres de santa Teresa del Niño Jesús; y recuerdo también a los beatos Luis y María Beltrame Quattrocchi, cuya vida familiar transcurrió en Roma, el siglo pasado. Y no olvidemos a la familia polaca Ulma, padres e hijos unidos en el amor y en el martirio. Decía que es un signo que da que pensar. Sí, al proponernos como testigos ejemplares a matrimonios santos, la Iglesia nos dice que el mundo de hoy necesita la alianza conyugal para conocer y acoger el amor de Dios, y para superar, con su fuerza que une y reconcilia, las fuerzas que destruyen las relaciones y las sociedades.

Por eso, con el corazón lleno de gratitud y esperanza, a ustedes esposos les digo: el matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer: amor total, fiel y fecundo (cf. S. Pablo VI, Carta enc. Humanae vitae, 9). Este amor, al hacerlos “una sola carne”, los capacita para dar vida, a imagen de Dios.

Por tanto, los animo a que sean para sus hijos ejemplos de coherencia, comportándose como desean que ellos se comporten, educándolos en la libertad mediante la obediencia, buscando siempre su propio bien y los medios para acrecentarlo. Y ustedes, hijos, sean agradecidos con sus padres: decir “gracias” por el don de la vida y por todo lo que con ella se nos da cada día es la primera forma de honrar al padre y a la madre (cf. Ex 20,12). Por último, a ustedes, queridos abuelos y ancianos, les recomiendo que velen, con sabiduría y ternura, por quienes aman, con la humildad y paciencia que se aprenden con los años.

En la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación: se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien.

Y quisiera añadir una última cosa. La oración del Hijo de Dios, que nos infunde esperanza en el camino, también nos recuerda que un día seremos todos uno unum (cf. S. AGUSTÍN, Sermo super Ps. 127): una sola cosa en el único Salvador, abrazados por el amor eterno de Dios. No sólo nosotros, sino también los padres y las madres; los abuelos y abuelas; los hermanos, hermanas e hijos que ya nos han precedido en la luz de su Pascua eterna, y que hoy sentimos presentes, aquí, con nosotros, en este momento de fiesta.


Referencia

León XIV. (2025, junio 1). Santa Misa por el Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Mayores (1 de junio de 2025) | LEÓN XIV. Sitio Oficial de la Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025/documents/20250601-omelia-giubileo-famiglie.html

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