Evangelizar con las familias: León XIV y la Iglesia como red de ternura

León XIV propone una Iglesia que pesca con ternura: salir al encuentro de las familias heridas, distantes o desilusionadas.

El Papa León XIV envió este mensaje a los participantes del seminario “Evangelizar con las familias de hoy y de mañana”, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. Tras el Jubileo dedicado a las familias, el Papa profundiza aquí en el papel de los hogares cristianos como agentes de misión, llama a superar el moralismo eclesial, y propone un camino pastoral de cercanía, escucha y acompañamiento, capaz de acoger incluso a quienes se sienten excluidos o alejados.


Ideas centrales

  • La familia es núcleo vivo de la Iglesia y portadora de la transmisión de la fe.
  • El mundo actual manifiesta sed de espiritualidad, sobre todo en los jóvenes; la Iglesia debe saber leer esta búsqueda.
  • Muchas familias están alejadas espiritual o afectivamente: sienten desinterés, exclusión o no encuentran su lugar.
  • La privatización de la fe y la superficialidad en redes sociales alejan a las personas de la experiencia eclesial.
  • La Iglesia está llamada a «pescar» esta humanidad, con ternura, mostrando la fuerza del encuentro con Cristo.
  • La pastoral no debe imponer reglas abstractas, sino acompañar vidas concretas, heridas y diversas.
  • Se requiere una pastoral abierta, que escuche y se adapte sin perder la verdad del Evangelio.
  • Obispos y laicos están llamados a ser «pescadores de familias», y a testimoniar la gracia, no solo la norma.
  • Cristo no cambia: es la constante que da sentido entre los retos cambiantes de cada generación.
  • El Espíritu Santo debe guiar la renovación pastoral desde el discernimiento, no desde la rigidez.

Frases importantes

  • “Muchos terminan confiando en falsos apoyos que… los dejan resbalar de nuevo hacia abajo.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)
  • “El mayor error es pretender que la gracia de Cristo consiste solo en su ejemplo.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)
  • “Pescadores de familias: esta es la misión de la Iglesia de hoy.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)
  • “No se trata de dar respuestas apresuradas, sino de acercarse y escuchar.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)
  • “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)
  • “El Evangelio de la familia alimenta también aquellas semillas que aún esperan madurar.” (Cfr. León XIV, Mensaje, 2 de junio de 2025)

Comentario

Este mensaje de León XIV es uno de los más pastorales y lúcidos de su pontificado. Con mirada penetrante y compasiva, el Papa detecta el punto de fractura contemporáneo: el aislamiento espiritual de muchas familias, atrapadas entre moralismos antiguos y promesas modernas que no salvan. Frente a este paisaje, León XIV no propone estrategias publicitarias ni fórmulas listas, sino una Iglesia humilde que escucha, acompaña y acoge. Reivindica la gracia como persona viva —Cristo—, no como sistema de reglas. Su lenguaje es directo: familias heridas, náufragos espirituales, redes rotas… pero también hay en él una esperanza sin ingenuidad: si volvemos al corazón de nuestra fe y dejamos que el Espíritu renueve nuestra acción pastoral, incluso las familias más alejadas podrán volver a respirar con la Iglesia. León XIV no baja el Evangelio al mínimo; lo hace más profundo, más real, más humano.


Texto íntegro

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEON XIV

A LOS PARTICIPANTES EN EL SEMINARIO

«EVANGELIZAR CON LAS FAMILIAS DE HOY Y DE MAÑANA.

DESAFÍOS ECLESIOLÓGICOS Y PASTORALES»,

ORGANIZADO POR EL DICASTÉRIO PARA LOS LAICOS, LA FAMILIA Y LA VIDA

[2 de junio de 2025]

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Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra que, al día siguiente de la celebración del Jubileo de las Familias, los Niños, los Abuelos y los Ancianos, un grupo de expertos se haya reunido en el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para reflexionar sobre el tema: Evangelizar con las familias de hoy y de mañana. Desafíos eclesiológicos y pastorales.

Este tema expresa bien la preocupación maternal de la Iglesia por las familias cristianas presentes en todo el mundo: miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo y núcleo eclesial al que el Señor confía la transmisión de la fe y del Evangelio, especialmente a las nuevas generaciones.

La profunda sed de infinito escrita en el corazón de cada hombre confiere a los padres y madres la tarea de hacer a sus hijos conscientes de la Paternidad de Dios, según escribía san Agustín: «Como en ti tenemos la fuente de la vida, así en tu luz veremos la luz» (Confesiones, XIII, 16).

El nuestro es un tiempo caracterizado por una creciente búsqueda de espiritualidad, que se manifiesta sobre todo en los jóvenes, deseosos de relaciones auténticas y de maestros de vida. Precisamente por eso es importante que la comunidad cristiana sepa mirar lejos, haciéndose guardiana, ante los desafíos del mundo, del anhelo de fe que alberga el corazón de cada uno.

Y es particularmente urgente, en este esfuerzo, prestar especial atención a aquellas familias que, por diversas razones, están espiritualmente más alejadas: a las que no se sienten involucradas, que se dicen desinteresadas o que se sienten excluidas de los caminos comunes, pero que, sin embargo, desearían formar parte de alguna manera de una comunidad en la que crecer y con la que caminar. ¡Cuántas personas hoy ignoran la invitación al encuentro con Dios!

Lamentablemente, ante esta necesidad, una «privatización» cada vez más extendida de la fe impide a menudo a estos hermanos y hermanas conocer la riqueza y los dones de la Iglesia, lugar de gracia, de fraternidad y de amor.

Así, a pesar de sus deseos sanos y santos, mientras buscan sinceramente puntos de apoyo para subir por los hermosos caminos de la vida y de la alegría plena, muchos terminan confiando en falsos apoyos que, al no soportar el peso de sus demandas más profundas, los dejan resbalar de nuevo hacia abajo, alejándolos de Dios y convirtiéndolos en náufragos en un mar de solicitaciones mundanas.

Entre ellos hay padres y madres, niños, jóvenes y adolescentes, a veces alienados por modelos de vida ilusorios, en los que no hay espacio para la fe, a cuya difusión contribuye en gran medida el uso distorsionado de medios en sí mismos potencialmente buenos —como las redes sociales—, pero perjudiciales cuando se convierten en vehículos de mensajes engañosos.

Pues bien, lo que mueve a la Iglesia en su esfuerzo pastoral y misionero es precisamente el deseo de ir a «pescar» a esta humanidad, para salvarla de las aguas del mal y de la muerte a través del encuentro con Cristo.

Quizás muchos jóvenes, que en nuestros días eligen la convivencia en lugar del matrimonio cristiano, necesitan en realidad a alguien que les muestre de manera concreta y comprensible, sobre todo con el ejemplo de la vida, qué es el don de la gracia sacramental y qué fuerza se deriva de ella; que les ayude a comprender «la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida» que Dios da a los esposos (San Juan Pablo II, Exhort. Ap. Familiaris consortio, 1).

Del mismo modo, muchos padres, en la educación de sus hijos en la fe, necesitan comunidades que les apoyen en la creación de las condiciones para que estos puedan encontrar a Jesús, «lugares en los que se realiza esa comunión de amor que encuentra su fuente última en Dios mismo» (Francisco, Audiencia general, 9 de septiembre de 2015).

La fe es ante todo respuesta a una mirada de amor, y el mayor error que podemos cometer como cristianos es, según las palabras de san Agustín, «pretender que la gracia de Cristo consiste en su ejemplo y no en el don de su persona» (Contra Iulianum opus imperfectum, II, 146). Cuántas veces, en un pasado quizá no muy lejano, hemos olvidado esta verdad y hemos presentado la vida cristiana principalmente como un conjunto de preceptos que hay que respetar, sustituyendo la maravillosa experiencia del encuentro con Jesús, Dios que se entrega a nosotros, por una religión moralista, pesada, poco atractiva y, en cierto modo, irrealizable en la concreción de la vida cotidiana.

En este contexto, corresponde en primer lugar a los obispos, sucesores de los apóstoles y pastores del rebaño de Cristo, echar la red al mar haciéndose «pescadores de familias». Pero también los laicos están llamados a implicarse en esta misión, convirtiéndose, junto a los ministros ordenados, en «pescadores» de parejas, de jóvenes, de niños, de mujeres y hombres de todas las edades y condiciones, para que todos puedan encontrar a Aquel que solo puede salvar. Cada uno de nosotros, en efecto, en el Bautismo, es constituido sacerdote, rey y profeta para los hermanos, y es hecho «piedra viva» (cf. 1 P 2, 4-5) para la construcción del edificio de Dios «en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diversidades» (Homilía, 18 de mayo de 2025).

Os pido, por tanto, que os unáis a los esfuerzos con los que toda la Iglesia va en busca de estas familias que, por sí solas, ya no se acercan; para comprender cómo caminar con ellas y cómo ayudarlas a encontrar la fe, convirtiéndose a su vez en «pescadoras» de otras familias.

No os dejéis desanimar por las situaciones difíciles que encontraréis. Es cierto que hoy las familias están heridas de muchas maneras, pero «el Evangelio de la familia alimenta también aquellas semillas que aún esperan madurar y debe cuidar aquellos árboles que se han secado y necesitan que no se descuiden» (Francisco, Exhort. Ap. Amoris laetitia, 76).

Por eso es tan necesario promover el encuentro con la ternura de Dios, que valora y ama la historia de cada uno. No se trata de dar respuestas apresuradas a preguntas exigentes, sino más bien de acercarse a las personas, escucharlas, tratando de comprender con ellas cómo afrontar las dificultades, dispuestos también a abrirse, cuando sea necesario, a nuevos criterios de valoración y a diferentes formas de actuar, porque cada generación es diferente de la anterior y presenta sus propios retos, sueños y interrogantes. Pero, en medio de tantos cambios, Jesucristo sigue siendo «el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). Por eso, si queremos ayudar a las familias a vivir caminos gozosos de comunión y a ser semillas de fe unas para otras, es necesario que, ante todo, cultivemos y renovemos nuestra identidad de creyentes.

Queridos hermanos y hermanas, ¡gracias por lo que hacéis! Que el Espíritu Santo os guíe en el discernimiento de los criterios y modalidades de compromiso eclesial adecuados para sostener y promover la pastoral familiar. ¡Ayudemos a las familias a escuchar con valentía la propuesta de Cristo y las invitaciones de la Iglesia! Os recuerdo en mi oración y os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Desde el Vaticano, 28 de mayo de 2025

León PP. XIV


Referencia

León XIV. (2025, junio 2). Messaggio del Santo Padre ai partecipanti al Seminario del Dicastero per i Laici, la Famiglia e la Vita | LEONE XIV. Sitio Oficial de la Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/messages/pont-messages/2025/documents/20250528-messaggio-dicastero-prolaicis.html

Traducción propia

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